Nos enseñaron en los cuentos un mundo al revés. Los hombres también son histéricos, las mujeres también quieren divertirse. Aquella persona que pensé más fría resultó ser la más sensible. Y aquella que creí más libre, ser la más atada.
No nos enseñaron tolerancia, sino a callarnos. Ni respeto, sino miedo. La soberbia y la arrogancia no son propiedades de quien tiene opinión, sino de quien no escucha opiniones ajenas. Pero nos confundimos porque no nos enseñaron que, una vez escuchadas, todos tienen el derecho de rechazarlas.
Los más egoistas son los principales acusadores del egoismo ajeno. Y las personas que tienen más para decir suelen ser las más calladas. Nos dijeron que un buen político es honesto, pero no que ninguna persona honesta es política, sino polémica. Así asumimos un montón de cosas sobre los otros que no son ciertas y creemos acertar aún cuando nos equivocamos.
Los días son tan peligrosos como las noches y ninguno de los dos tanto como los diarios. Así nos cuidamos de lo improbable y nos descuidamos de lo posible, como quien no sube a los aviones pero se olvida siempre el cinturón de seguridad en el auto. Juzgamos con ardor lo que no nos hizo ningún daño más que decirnos que la realidad puede ser otra. Y olvidamos lo que realmente nos hirió.
Recuerdo a una niña que pensaba que todos los niños eran más fuertes que ella, aún después de ganarles a todos. ¿Somos todos como esa niña? Engañados por los cuentos que nos creimos, sin poder ver que el mundo es al revés. Huimos del camino más seguro y nos lanzamos sin paracaidas al peligro.
“Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.
Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés.”
José Agustín Goytisolo
El lobito bueno
(n. en Barcelona en 1928)
