El mundo al revés

Nos enseñaron en los cuentos un mundo al revés. Los hombres también son histéricos, las mujeres también quieren divertirse. Aquella persona que pensé más fría resultó ser la más sensible. Y aquella que creí más libre, ser la más atada.

No nos enseñaron tolerancia, sino a callarnos. Ni respeto, sino miedo. La soberbia y la arrogancia no son propiedades de quien tiene opinión, sino de quien no escucha opiniones ajenas. Pero nos confundimos porque no nos enseñaron que, una vez escuchadas, todos tienen el derecho de rechazarlas.

Los más egoistas son los principales acusadores del egoismo ajeno. Y las personas que tienen más para decir suelen ser las más calladas. Nos dijeron que un buen político es honesto, pero no que ninguna persona honesta es política, sino polémica. Así asumimos un montón de cosas sobre los otros que no son ciertas y creemos acertar aún cuando nos equivocamos.

Los días son tan peligrosos como las noches y ninguno de los dos tanto como los diarios. Así nos cuidamos de lo improbable y nos descuidamos de lo posible, como quien no sube a los aviones pero se olvida siempre el cinturón de seguridad en el auto. Juzgamos con ardor lo que no nos hizo ningún daño más que decirnos que la realidad puede ser otra. Y olvidamos lo que realmente nos hirió.

Recuerdo a una niña que pensaba que todos los niños eran más fuertes que ella, aún después de ganarles a todos. ¿Somos todos como esa niña? Engañados por los cuentos que nos creimos, sin poder ver que el mundo es al revés. Huimos del camino más seguro y nos lanzamos sin paracaidas al peligro.

“Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.
Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.
Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés.”

José Agustín Goytisolo
El lobito bueno
(n. en Barcelona en 1928)

El amor es fuego

El amor es fuego, pero no por la pasión ni por lujuria. El de las parejas, padres e hijos, amigos, abuelos, tíos, nietos, y hasta el por las cosas y las ideas, todo amor es fuego. Es fuego que quema, o ilumina. Es una fuerza de la naturaleza, ni buena ni cruel, amoral y arrolladora. No es una fuerza positiva como muchos dicen, ni negativa, es una fuerza nomás, la carga de sus efectos depende de muchas cosas, empezando por nosotros mismos.

El que ama se vuelve receptivo y suceptible.Nada puede hacerte más feliz que quien amas, nadie puede herirte más. Por amor las personas realizan las más grandes obras y las más grandes estupideces. El padre más amoroso no es siempre el mejor padre, el hijo más dedicado es sospechoso, el amante más abnegado, asfixia. Y sospecho que lo último pasa porque la mayoría de nosotros, y a diferencia de todos las historias que nos enseñaron, buscamos compañeros y no princesas de cuento ni caballeros andantes.

Y el amor, como todas las emociones, es unidireccional. No hay amores compartidos, hay la suerte de quien ames te ame a su vez… o no. Y la suerte como el amor depende, y en ocasiones hasta conviene lo segundo.

El amor es fuego, puede iluminar, purificar, quemar… y nada podemos hacer más que tenerle respeto, reconocer que no es bueno por sí solo y aprender a encontrar el equilibrio entre la brasa y el incendio.

Ver las cosas como son

Ver las cosas como son y no cómo uno quiere que sean, probablemente sean de las lecciones más difíciles de aprender. Durante mucho tiempo ví las cosas como quise verlas.  A veces miro hacia atrás y me parece que estuve años durmiendo y que por soñar perdí parte de mi vida. Tal vez intentaba ignorar las heridas, lograr que dolieran un poco menos, pero así nunca las evité ni las curé.

Ahora, estoy despierta, ya no ignoro los golpes ni los desafíos y, en general e increiblemente, no me perturban las cosas como son. Ya no me tomo las cosas tan a pecho, ni las ignoro tanto. Y aunque siempre va a ser difícil, intento ver las cosas como son, escuchar lo que me dicen y no lo que quiero oír, aceptar aquello por lo que no puedo hacer nada, alejarme de lo que me daña, proteger contra cualquier tempestad aquello que me hace bien. Si la vida viene a los golpes, que lo haga, conozco bien a mi maestra y finalmente he aprendido sus lecciones. No voy a perderla otra vez, ni caeré otra vez en el mismo pozo. Tal vez haya otros, pero estoy alerta. Ahora me burlo de lo que antes me ofendía porque he aprendido a ver las cosas como la vida me ha enseñado y no como yo quiero que sean.

Falacia aborigen

El indígena bueno, el indígena inocente, el indígena víctima, el indígena sabio. ¿No son humanos los indígenas acaso, no cometen errores nunca?

Sin embargo, a mí me mostraron una historia de América mucho más rica y profunda y compleja, pero nunca inocente. Una historia llena de guerras y de desplazados, de sangre, de lágrimas, de fuego, y de paz e invenciones y juegos también… mucho antes de los españoles, y durante y después. Odios y alianzas, miles de iliadas y odiseas propias, tierras arrasadas y tierras cultivadas. De niños que patearon y lloraron mientras los sacrificaban como dioses a los dioses. De mujeres aún golpeadas por sus maridos. De líderes embriagados de poder.

Existe la falacia naturalista del que dice que todo lo que es natural es bueno y existe la falacia aborigen, que más que falacia es un racismo al revés. Simplifica los pueblos y sus historias y los aplana en una imagen de vivos colores en contraste de los pueblos europeos grises, conquistadores, victimarios, insensatos. Pero la realidad es más como la geografía, con cerros y planos, desiertos y estuarios, siempre más roja que gris.

Tambores de guerra, marcha de soldados, sangre y victimarios, hubo en cada rincón de América durante miles de años. Pueblos derrotados, conquistados, desplazados, aniquilados. Pueblos surgieron, murieron, cambiaron, mudaron, miles de veces. Quién puede decir que sus antepasados fueron los primeros en vivir ahí, que no desplazaron a nadie mediante la sangre?

Por qué queremos mantenerlos congelados en el tiempo y separados de los descendientes de europeos, algunos venidos por la espada y la gloria, muchos más, huyendo del hambre. Por qué no mezclarnos todos? Con los colores brillantes de todas nuestras culturas y aprendiendo unos de los otros? Somos tan malos nosotros y tan buenos ellos? Qué es este aparheid escondido del que hablan una y otra vez los defensores indigenistas?

La historia no es buena ni mala, ni tampoco los pueblos que la inventan y la sufren.

Moriría de manera estúpida

Por las personas que más amo sé que moriría de manera estúpida. Es el último lugar de mi ser, más allá no hay nada, es el punto más profundo de mis emociones. Están ahí de manera vitalicia mis seis sobrinos. Pocos más han logrado llegar hasta esa profundidad de mi ser. Tengo altos muros y soldados armados protegiendo aquel lugar donde reinan las emociones y carezco de control, donde la menor cosa puede hacerme daño.

Moriría de manera estúpida, que es no lo mismo que morir de manera heroica, que no es lo mismo que sacrificarse. Los sacrificios se piensan y se consideran, se hacen elecciones, y se pesan ideales. Pesa más en ellos las ideas que las emociones, la educación que el instinto. Y aún cuando las emociones juegan su parte, la muerte se encuentra planeada. Tal vez hay nobleza en el sacrificio, a mí me parece más que hay egoísmo, pero seguro hay verdad en morir por otro sin ningún sentido ni premeditación.

Moriría sin pensarlo ni planearlo y hasta sin quererlo. Moriría como aquel padre del que leí una vez, que habiéndose caído su hijo en un acantilado, se lanzó al mar detrás y murieron los dos, muerte anunciada si hubiera podido pensarla.

Moriría por lo que siento y no por lo que pienso. Si pudiera pensarlo, quizás no lo haría. Y si se hicieran daño, me dolería seguir viva. Y sé que lo haría. La primera vez que sentí ese amor, por una de mis sobrinas, supe que si ella corría hacia la calle iría tras de ella sin pensarlo, aunque ella nunca estuviera en peligro. Aquella vez que uno de ellos se cayó de una silla, lancé mis manos al vacío tratando de evitar el golpe sin siquiera pensarlo. Durante semanas temblé pensando en eso y años después aún recuerdo ese momento con terror. Ahora ya son grandes, ya no hay que andar tomándolos de la mano y evitando que se lancen al peligro, pero aún sé que iría detrás de ellos y moriría por ellos de manera estúpida.

Moriría en la batalla y sería su escudo cuando su vida ya estuviera perdida. En esas profundidades del ser, las acciones no se controlan y no existen las decisiones. Sólo existe ahí una certeza, que la consciencia de mi vida está ligado a la seguridad de la suya, y si estuviera en peligro, aunque ya nada pudiera hacer, me olvidaría de la mía.

No creo que pudiera morir de la manera ideal de los sacrificados por una persona o una causa, pero sé que podría morir de manera estúpida.

La belleza está en el ojo de quien la mira

En ciertos momentos nos obsesiona la belleza. Si la tenemos, si no la tenemos. Qué piensan los que nos ven. Pero es cierto el dicho que dice “la belleza está en el ojo de quien la mira”. Ninguno de  nosotros es bello, ni feo, la belleza no está en nosotros, sino en el juicio de quién nos mira. La locura también.

Cuando intentamos vernos según como creemos nos ven los otros, fallamos. Fallamos porque no a todos les parece bello lo mismo, ni feo lo mismo. Ante ciertos ojos somos ángeles, ante otros, demonios, y ante muchos sólo otras personas, con luchas y momentos de paz, y tristezas y alegrías, y defectos y virtudes.

Esas últimas personas son las que vale la pena que nos vean, las que saben que el mundo no es blanco y negro, ni siquiera está teñido de grises, sino de todas las tonalidades que refleja la luz, incluso aquellas que no podemos ver. Los que saben que todo el mundo lucha y  se esfuerza y a veces cae y a veces se levanta. Los que saben que no todo se aplica a todos, ni siquiera las reglas de oro.

Esas personas nunca verán ni ángeles ni santos, pero tampoco demonios. Podrán entender que a veces caes y perdonarte, y sabrán que perdón no implica siempre redención. Esas personas se alegrarán cuando te levantes y antes ellos no tiene sentido obsesionarse con la belleza, puesto que todos tenemos muchas cosas y entre todas siempre habrá algo que les guste y algo que no.

Caminos opuestos

Qué hacer cuando te das cuenta que lo que quieres y lo que necesitas son cosas distintas? Que si obtienes lo que necesitas podrías perder lo que quieres y si consigues tu deseo lo arruinarás al no tener lo que necesitas.

Donde necesidad y deseo están partidos y corren por lados opuestos y en direcciones contrarias, y aún así para uno debes cumplir el otro.

Es un dilema extraño. Pero a veces se da. Cuando la fruta aún está verde y hay alguien que la mira de abajo con avidez y si vuelve después, la fruta ya habrá caido y será tarde. Como un juego que deseabas de niño pero para el cual no eras lo suficientemente grande y podías entreveer que cuando fueras lo suficientemente grande, ya no estaría ahí.

Qué hay que hacer? Cómo llegar a un equilibrio, un acuerdo? Cómo tender un puento entre estos dos ríos? Hay que apurar uno para llegar al otro a tiempo?

Cómo encontrar la solución para llegar dónde está tu deseo sin perdelo? Apurar tu necesidad sin desencontrarla? Dónde está la paciencia y la fuerza y la tenacidad para enfrentar los caminos opuestos y alcanzar ambas metas?

Llegadas y partidas

Llegar y partir, ¿no son la misma cosa? Cuando uno llega, ¿no parte hacia otro lado?

Para la muerte, se quiere vida. El cuerpo que muere es alimento para otros. Es lo que permite a otros seguir adelante. Un insecto, una flor. un ave. Lo que antes fueron tus pies, se vuelve alas y se desliza por el aire, o se convierte en escamas y nada lejos en el mar.

Las olas van y el agua vuelve al mar. Esa ola desaparecerá pero habrá otras olas con esa misma agua. Y tal vez, en un tiempo lejano, habrá estrella que tendrá los átomos que me forman, así como en el pasado otra estrella, muy lejos, atrás en el tiempo.

La flor que en otoño cae será alimento para las flores en la primavera. La que les permitirá desplegarse como las alas de un insecto que ha acaba de salir de su capullo.

Me gustaría que en aquel momento que no conoceré, las aves lleven mis atomos hasta las nubes. Que conozcan el vuelo sino lo han conocido ya. Que la muerte sea flores y vida. La partida una llegada, la llegada, una partina.

Casas muertas

Debería estar prohibido que se hicieran las fachadas de las casas con granito y otras rocas que normalmente tapan los nichos de los cementerios. Ya he visto varias casas con esos frentes pulidos, que parecen tumbas o, en el mejor de los casos, consultorios de dentista.

El otro día nomás pasé por una cuadra que sufría  de varias de esas casas, y en la luz de un ocaso nuboso, con los rayos que caían de entre nubes rosas, el efecto se acentuaba y bien parecía que andaba dentro del cementerio.

¿A quién puede gustarle una casa así?¿Quién son los lúgubres arquitectos que las diseñan?¿No se deprimen los obreros que las construyen?

¿Quién vive en esas casas muertas? Pareciera que nada vivo pudiera esconderse dentro de ellas, como tumbas herméticas que no dejan que ni la muerte entre. Da ganas de ponerles flores para alegrarlas, y una lápida, para aclarar sus estados.

Son las casas muertas, que ya verlas inspira silencio, y uno pasa al lado rápido y espera nunca tener que entrar en ellas.

Nadie te verá con tus ojos…

… excepto vos, en el espejo.

No intentes decidir que piensan los demás de vos, no podrás saberlo a menos que te lo digan. Y a veces ni así. No puedes verte con sus ojos, y ellos no pueden verte con los tuyos.

Nadie puede ocupar tu lugar y ver el mundo desde ahí, por mucho que lo intenten. Aunque puedan ponerse tus zapatos, nadie puede ponerse tus pies. Nadie sabe cuán sensible son tus dedos, ni cuán gastados están tus talones. Cuánto le duelen a tus pies tus millas, sólo lo sabés vos.

Nadie puede ver el mundo desde otros ojos más que los suyos propios. Lo que sentís, es tu secreto, sin importar lo elocuentemente que puedas expresarlo, no puedes darselo a los otros. Y no pueden dartelo a vos.

No te preocupes por cómo te verán los demás, no puedes saberlo. Borra esa preocupación de tu mente, para de preocuparte por lo que no puedes hacer.

El sonido que escuchas salir de tu boca, no lo escucha nadie más. No sabés cómo suenan las palabras en los oídos de los demás. No puedes compartir tu voz.

¿Por qué preocuparse por cómo te miran y cómo te escuchan, cómo te juzgan, si no puedes saberlo de antemano? ¿De qué sirve?

Sólo puedes ser vos mismo, ser fiel a tu propio canto. Seguir tus propios ritmos. Y habrá quienes, con sus propios ritmos, acompañen tus pasos.

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